Historias de Bar #1

Cuando el gaucho se hizo el tatuaje, llegó al bar con el brazo envuelto en papel film y me dijo “mirá” y ahí estaba: esa frase que le marcó un borde de la vida.

El gaucho me dice Caribeña y me abraza como si nos hubiéramos tomado un ron. Cuando puede, me recuerda el ritmo del Caribe y lo mucho que a él le cuesta mover los hombros. “Yo soy tano. Tano y gaucho”, lo dice siempre: que creció en San Carlos de Bolívar, que es descendiente de italianos. Su nombre real es Leandro Curutchet pero así es difícil conseguirlo, mejor preguntar por el gaucho.

Tiene buena memoria para los datos, ha leído tanto que logra traducir el mundo cultural que lo compone: música, historia, geografía, literatura y sobre todo gastronomía, como buen chef. Pero también tiene buena memoria para los errores, no se perdona una equivocación.

Lo he visto lanzar con furia potes de cocina contra la pared como una bola incendiada. Le he escuchado groserías en un aullido visceral, cuando algo no sale bien. Me ha dicho, sonriendo poco, que aún no se perdona haber perdido dinero por un hueco que tenía en el bolsillo del pantalón. Hace tiempo ya de eso, pero en su cabeza no transcurre. Se repasa los errores de la misma manera que hace todo: sistemáticamente. Alinear los potes de cocina en el mismo orden, acomodar los billetes cara para arriba, colgar las llaves en el pasador de la puerta luego de entrar. Todo igual, sin darse cuenta.

La frase tatuada que me enseñó viene de Francia, cuando fue chef en un hotel de Clermont – Ferrant, capital de la región de Auvernia. Fue elegido por Madame Graciela, una cordobesa casada con un francés, para saciar la nostalgia de la gastronomía argentina. Y el gaucho aceptó y se fue, dejando algo de él, quizás mucho. Para entonces tenía novia y había comprado un departamento en Caballito, que el otro día vio y soltó un lagrimón, dijo. Ya no queda nada.

El gaucho es un virgo maniático. Cruzar el continente fue su mezcla peligrosa: el auto exigente se encontraba con la soledad. Trabajó con el peso autoimpuesto de honrar el apellido, con el estándar altísimo del recuerdo de su abuela, sin caerse. Trabajó extrañando, sonriendo, exigiéndose a sí mismo, agradecido y solo. Feliz y solo, triste y solo. Con las paredes del cuarto empapeladas de cartas que venían del sur, de su casa. Con las tapas de los diarios cuando salió campeón Independiente, al lado de la lista de cumpleaños de sus familiares para no olvidar. Los llamó a todos. Trabajó auto flagelado si había un error, trabajó con la voz interna andando. Trabajó y salió a correr para engañar al cuerpo, pero buscaba cansar a la mente. No quería pensar, necesitaba dormir. Bajó 25 kilos. Trabajó con todo alrededor funcionando, menos él mismo por dentro. Solo.

Hoy, años después, se mira el brazo y sonríe al encontrar tatuado lo que Madame le dijo aquella vez, al final de todo. Le pagó el sueldo, le regaló un viaje a París, y la revelación que le enseñó cómo son las pausas: Lo tienes bien merecido.

Con el brazo derecho se quita el sudor de la frente cuando está cansado. Lo he visto permitirse 5 o 10 minutos para sentarse, luego del caos gastronómico, si es posible. Y al extender el brazo sobre la barra del bar, le brilla el recordatorio eterno: Je l’ai bien mérité, dice. Lo tengo bien merecido.

Por: Paola Soto
Web: https://porprimeravez.wordpress.com/

 

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