HISTORIAS DE BAR #3

Al fondo del bar, cerca de la ventana, se sentó un señor –solo- en una mesa para dos. Pidió una hamburguesa y papas, aunque ya la hamburguesa venía con papas pero nadie le dijo. Y un vaso de agua para tomar.

El bar estaba casi deshabitado y desde la barra, un caminito entre sillas daba directamente hasta su mesa. Era inevitable mirarlo, no había nadie más en el medio para disimular.

La cara de sorprendido que puso cuando le llegó la comida, fue como de angustia. “Wow, its too much”, dijo y sonrió preocupado. Sin empezar a comer ya estaba pensando qué hacer con toda esa comida.

Regresé a la barra y lo veía comiendo lento, mirando hacia los lados. Había dos mesas ocupadas nada más: la de él, solo en la ventana, y  la de una pareja de chicos tomando algo.

No iba ni por la mitad de la hamburguesa cuando se levantó de la mesa con el plato de las papas y caminó hacia la pareja. ¿Qué va a hacer?, desde lejos era una escena rarísima. Un cliente con comida se acercaba a otros clientes desconocidos, con motivo de qué.  Levantó la mano ¿en señal de stop o de disculpas? Bajó la cabeza, volvió a su mesa, apoyó el plato y se puso la mano en la frente.

¿It’s everything ok?, le dije, y creo que lo asusté pero me miró como a un salvavidas. Es mucha comida, me dijo, no quiero que se pierda pero no me la voy a poder comer, ni llevar. Se la ofrecí a la mesa de al lado, pero no me entendieron. “Its my fault”, es mi culpa. Que no lo entendieran es su culpa, dijo.

La mano le pasó de la frente a la barbilla. Apoyó el codo en la mesa, dejó caer el brazo, puso derecha la postura de su cuerpo, retiró el brazo de la mesa, miraba al frente, a la ventana, otra vez a mí. “No me entendieron, es mi culpa”.

El único español que sabía era un hola y un gracias. Se habrá sentido preso en sí mismo cuando quiso hacer algo bueno y no aceptaron su ayuda. Es difícil confiar en el otro (qué tendrán esas papas, qué le habrá puesto, qué loco este tipo), es difícil ser rechazado (no gracias, no queremos, no me entendieron, es mi culpa).

Do you want them?”, me dijo. No, yo ya había comido, no quería nada más, pero acepté y las compartí con mis amigos. No las botes, me decía, cómetelas por favor.

De dónde venía ese hombre, qué habrá visto que entiende el hambre y la desigualdad entre los estómagos. ¿Le duele saberse solo o le duele sentirse inútil? ¿Le duele algo?

Confié en él, tomé sus papas. Me sonrió, le sonreí, lo volví a dejar a su suerte. Desde la barra lo miraba otra vez por si se ahogaba de nuevo. Se quedó mirando por la ventana, devorando rápido la hamburguesa, pasando comida con más comida, saciando el hambre y luego la sed. No tardó mucho más. No volvió a sonreír, ni hablar con nadie, ni al bar. Se comió toda su comida.

Por: Paola Soto

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